Una reflexión sobre la paciencia, la esperanza y el Reino de Dios a partir de Mateo 25,1-13.
El difícil arte de esperar
Vivimos en una sociedad que parece haber perdido la paciencia. Nos desesperamos cuando una página tarda en cargar, cuando el tráfico no avanza o cuando alguien no responde inmediatamente nuestros mensajes. Hemos aprendido a medir la eficiencia de casi todo por su velocidad, hasta el punto de que esperar suele parecernos una pérdida de tiempo.
Sin embargo, las experiencias más importantes de nuestra vida no siempre responden a nuestros tiempos. Esperamos que una enfermedad termine, que una relación mejore, que nuestras circunstancias cambien o que finalmente llegue aquello por lo que hemos trabajado durante años. Y cuando la espera se prolonga, comenzamos a experimentar frustración, cansancio e incluso desesperanza.
Algo semejante ocurre con nuestra experiencia religiosa. Esperamos respuestas de Dios, soluciones a nuestras dificultades y, en un sentido mucho más amplio, la manifestación de ese Reino de justicia y paz que Jesús anunció. Pero ¿qué sucede cuando Dios parece guardar silencio? ¿Qué ocurre cuando aquello que esperamos no sucede y la realidad parece contradecir nuestras esperanzas?
Una comunidad que aprende a vivir con la espera
Para comprender la parábola de las diez jóvenes necesitamos acercarnos a la comunidad a la que escribe Mateo. Nos encontramos aproximadamente entre los años 80 y 90 después de Cristo, cuando las primeras comunidades cristianas atravesaban profundas transformaciones. Jerusalén había sido destruida, el Templo ya no existía y habían transcurrido varias décadas desde la muerte de Jesús.
Aquellas comunidades vivían con la esperanza de la manifestación definitiva del Reino de Dios. Sin embargo, los años pasaban, los primeros seguidores de Jesús morían y el mundo continuaba marcado por la violencia y la injusticia. La promesa parecía demorarse y era inevitable que surgieran preguntas sobre el sentido de aquella espera.
Mateo escribe para una comunidad que necesita aprender a vivir entre la promesa y su cumplimiento. Por eso, en los capítulos 24 y 25, reúne diversas enseñanzas de Jesús sobre la vigilancia, la responsabilidad y el juicio. En varias de ellas aparece un personaje que tarda en regresar, mientras quienes lo esperan deben decidir cómo vivir durante su ausencia.
La pregunta deja de ser solamente cuándo llegará el Reino de Dios y se convierte en otra mucho más incómoda: ¿qué estamos haciendo mientras lo esperamos?
Las diez jóvenes y la paciencia como virtud
Jesús cuenta la historia de diez jóvenes que salen con sus lámparas a recibir a un novio para participar en una celebración. Cinco son prudentes y llevan aceite adicional, mientras las otras cinco no consideran la posibilidad de que la espera se prolongue. El novio tarda más de lo previsto y todas terminan quedándose dormidas.
Este último detalle es especialmente interesante porque solemos interpretar la parábola como una invitación a permanecer despiertos en todo momento. Sin embargo, Mateo nos dice que todas se durmieron, incluso las prudentes. La diferencia no está en que unas nunca experimentaran cansancio, sino en que habían cultivado lo necesario para sostener una espera más larga de lo imaginado.
Aquí podemos recuperar una virtud que parece haber perdido relevancia en nuestros días: la paciencia. Tomás de Aquino, siguiendo una larga tradición filosófica y cristiana, la comprende como una virtud relacionada con la fortaleza, porque nos permite permanecer orientados hacia el bien incluso cuando experimentamos dificultades. La paciencia no elimina el sufrimiento ni garantiza que nuestros deseos se cumplan, pero impide que la adversidad nos haga abandonar aquello que consideramos valioso.
No obstante, debemos distinguir la paciencia de la resignación. Durante siglos, ciertos discursos religiosos han presentado la paciencia como la capacidad de soportar cualquier sufrimiento sin cuestionarlo. Se ha pedido paciencia a quienes sufren injusticias, a quienes viven bajo condiciones de opresión y a quienes esperan cambios que nunca llegan. Pero una virtud que termina justificando la indiferencia ante el sufrimiento ajeno corre el riesgo de convertirse en un instrumento de dominación.
La paciencia no consiste en aceptar pasivamente que las cosas permanezcan como están, sino en mantener nuestro compromiso con el bien incluso cuando su realización parece lejana.
La parábola también nos recuerda otra enseñanza de Mateo. Al terminar el Sermón del Monte, Jesús habla de dos hombres que construyen sus casas, uno sobre la roca y otro sobre la arena. El prudente es aquel que escucha sus palabras y las pone en práctica, mientras el insensato escucha, pero no actúa conforme a ellas.
Mateo utiliza los mismos términos para describir a las diez jóvenes. Esta conexión nos permite comprender que la prudencia no consiste solamente en conocer las enseñanzas de Jesús, sino en organizar nuestra existencia a partir de ellas. Podemos conocer las Escrituras, participar en celebraciones religiosas y afirmar que esperamos el Reino, pero nada de eso garantiza que nuestra manera de vivir corresponda con aquello que anunciamos.
La esperanza que transforma el presente
El teólogo Jürgen Moltmann dedicó buena parte de su pensamiento a recuperar la esperanza como una dimensión central del cristianismo. En su Teología de la esperanza, plantea que la fe cristiana no puede comprenderse únicamente desde lo que Dios ha hecho en el pasado, sino también desde el futuro que promete. La esperanza no es simplemente una actitud optimista ante la vida, sino una fuerza que nos impulsa a cuestionar y transformar nuestro presente.
Esta perspectiva encuentra un interlocutor filosófico importante en Ernst Bloch, quien comprendía la esperanza como una dimensión fundamental de la existencia humana. En El principio esperanza, Bloch explora nuestra capacidad de imaginar posibilidades todavía no realizadas y de orientar nuestras acciones hacia ellas. Lo que todavía no existe puede convertirse en una fuerza que moviliza nuestra historia, en lugar de ser únicamente una fantasía que nos aleja de ella.
La relación entre esperanza y paciencia resulta entonces fundamental. Sin paciencia, la esperanza corre el riesgo de convertirse en una expectativa que se desmorona ante la primera dificultad. Pero sin esperanza, la paciencia puede degenerar en resignación, acostumbrándonos a soportar indefinidamente una realidad que necesita ser transformada.
Las jóvenes prudentes no podían acelerar la llegada del novio, pero podían prepararse para recibirlo. Nosotros tampoco podemos controlar los tiempos de Dios ni resolver todas las contradicciones de nuestra historia. Pero sí podemos decidir cómo vivir mientras esperamos y qué hacemos con las posibilidades que tenemos delante.
Aquí aparece una relación importante dentro del propio Evangelio. Mateo no termina su discurso con la parábola de las diez jóvenes, sino que continúa con la parábola de los talentos y finalmente presenta la escena del juicio de las naciones. En esta última, Jesús se identifica con quienes tienen hambre, sed, están enfermos, son extranjeros o viven privados de libertad.
Resulta paradójico que, mientras en la primera parábola los discípulos esperan la llegada de Cristo, en la última descubran que también podían encontrarse con él en las personas que necesitaban su ayuda. Esperamos encontrarnos con Cristo en el futuro, mientras corremos el riesgo de no reconocerlo en nuestro presente. La vigilancia adquiere entonces una dimensión ética que no podemos ignorar.
Esperar el Reino de Dios no significa permanecer inmóviles, aguardando que algún día todo cambie. Significa comenzar a vivir conforme a aquello que Jesús anunció: la justicia, la misericordia, la reconciliación y la dignidad humana. No construimos por nuestras propias fuerzas la plenitud del Reino, pero podemos anticiparlo mediante nuestras acciones y relaciones con los demás.
Mantener encendida la llama
Quizá nuestra esperanza se parezca a esas pequeñas lámparas encendidas en medio de la noche. No tenemos suficiente luz para iluminar todo el camino y muchas veces tampoco conocemos las respuestas a nuestras preguntas. Experimentamos cansancio, incertidumbre y momentos en los que parece que aquello que esperamos nunca llegará.
Pero la esperanza cristiana no exige ignorar la oscuridad ni fingir que todo está bien. Nos invita a reconocer las heridas del mundo sin aceptar que la injusticia, la violencia y la muerte tengan la última palabra. Nos recuerda que, aunque todavía no contemplamos la plenitud del Reino, podemos comenzar a vivir algo de aquello que esperamos.
Tal vez la paciencia sea precisamente esa capacidad de mantener encendida la llama sin saber cuánto durará la noche. No se trata de esperar con los brazos cruzados, sino de continuar construyendo, acompañando, cuestionando y transformando nuestra realidad. La esperanza se convierte así en una forma de resistencia frente a todo aquello que pretende convencernos de que nada puede cambiar.
Y quizá la pregunta más importante que nos deja esta parábola no sea cuánto falta para que llegue el Reino de Dios. Quizá debamos preguntarnos cuánto de ese Reino estamos permitiendo que acontezca en nuestra historia. Porque mientras seguimos esperando su plenitud, todavía hay demasiada oscuridad en el mundo y demasiadas personas que necesitan un poco de luz.
Referencias para profundizar
- Tomás de Aquino, Suma teológica, II-II, cuestión 136, artículos 1, 4 y 5. Sobre la paciencia como virtud, su relación con la fortaleza y la longanimidad.
- Jürgen Moltmann, Teología de la esperanza. Especialmente su reflexión sobre la promesa, la escatología y la transformación del presente.
- Ernst Bloch, El principio esperanza, volumen I. Sobre la conciencia anticipadora, la posibilidad y la esperanza como impulso de transformación.



