El Halloween es del diablo… ¿y nuestras iglesias?

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halloeween

Sobre los demonios que imaginamos y el mal que preferimos no mirar

El Halloween es del diablo… Al menos eso escuché durante buena parte de mi vida en distintos sectores del cristianismo. Cada año, cuando se acercaba el 31 de octubre, aparecían las mismas advertencias: los disfraces abrían puertas espirituales, los dulces podían estar relacionados con prácticas ocultistas y participar en aquella celebración significaba, de alguna manera, concederle terreno al enemigo. No importaba demasiado si se trataba de un niño disfrazado de dinosaurio o de una familia decorando su casa con calabazas. Detrás de todo parecía esconderse una amenaza que solamente algunos tenían la capacidad de reconocer.

Con el tiempo, aquellas advertencias comenzaron a parecerme cada vez más extrañas. No porque considerara que la religión no tuviera nada que decir sobre el mal, sino porque me resultaba difícil comprender por qué ciertas expresiones culturales provocaban tanto temor mientras otras realidades, mucho más dolorosas, parecían recibir bastante menos atención. Nos preocupaba que una fiesta pudiera abrirle la puerta al diablo, pero no siempre nos preguntábamos qué puertas habíamos abierto nosotros mismos mediante nuestras prácticas religiosas.

Quizá por eso, cada vez que llega Halloween, me interesa menos discutir si un cristiano puede disfrazarse o repartir dulces. Me parece mucho más importante examinar qué entendemos por diabólico, cómo construimos nuestros temores religiosos y con qué criterios distinguimos aquello que realmente amenaza la vida humana. Porque detrás de una discusión aparentemente trivial sobre calabazas y disfraces se encuentra una pregunta bastante más incómoda: ¿somos capaces de reconocer el mal cuando aparece dentro de aquello que consideramos sagrado?

Una celebración con más historia que demonios

Halloween no apareció de la nada ni fue inventado por una organización satanista para corromper espiritualmente a la humanidad. Como sucede con muchas celebraciones populares, su historia es compleja y reúne elementos culturales, religiosos y comerciales que se han transformado a lo largo de los siglos. Entre sus antecedentes encontramos la festividad celta de Samhain, las conmemoraciones cristianas de Todos los Santos y diversas tradiciones populares que posteriormente se desarrollaron en Europa y Norteamérica.

La palabra Halloween procede de All Hallows’ Eve, es decir, la víspera de Todos los Santos. Esto no significa que todas sus costumbres actuales tengan un origen cristiano, ni que podamos reconstruir una continuidad perfecta entre las festividades antiguas y las celebraciones modernas. Significa que su historia es bastante más complicada que la explicación según la cual todo comenzó como una estrategia organizada para rendir culto al diablo.

Las tradiciones cambian, se mezclan y adquieren nuevos significados a medida que las sociedades se transforman. Un símbolo puede tener diferentes sentidos según la época, la comunidad y las personas que lo utilizan, sin que su significado original determine necesariamente todos sus usos posteriores. Pretender que cada familia que celebra Halloween está participando, aunque sea inconscientemente, de un mismo ritual espiritual supone ignorar la manera en que funciona la cultura.

Ahora bien, conocer esta historia tampoco obliga a nadie a participar en la celebración. Un creyente puede decidir que ciertas prácticas no son compatibles con su conciencia, y esa decisión merece respeto. Lo cuestionable comienza cuando una convicción particular se convierte en una afirmación universal sobre supuestos peligros espirituales que se presentan como hechos indiscutibles.

Porque no es lo mismo decir que nuestra fe nos lleva a rechazar determinada celebración que afirmar que un niño disfrazado está abriendo una puerta al diablo. La primera es una decisión religiosa que podemos comprender dentro de una tradición particular. La segunda es una afirmación sobre la realidad que requiere argumentos más allá de la convicción de quien la pronuncia.

¿De qué hablamos cuando hablamos del diablo?

Antes de seguir, convendría hacernos una pregunta que pocas veces aparece en estas discusiones: ¿qué entendemos realmente por diabólico? En buena parte del imaginario cristiano contemporáneo, el diablo parece haber adquirido los rasgos que le han proporcionado el cine de terror, las leyendas populares y ciertas expresiones de la predicación religiosa. Su presencia se busca en objetos, canciones, símbolos y rituales extraños, como si lo maligno pudiera identificarse principalmente por su apariencia o por la incomodidad que nos provoca.

Hollywood parece haber tenido bastante éxito enseñándonos cómo reconocer al diablo. Nos ha acostumbrado a encontrarlo en posesiones, objetos malditos, rituales oscuros y manifestaciones sobrenaturales, hasta el punto de que muchas de nuestras representaciones religiosas parecen sacadas de una película de terror. Lo irónico es que podemos reconocer inmediatamente una supuesta presencia demoníaca en una calabaza, un disfraz o una canción, pero nos cuesta mucho más identificar lo diabólico cuando se manifiesta en la injusticia, la violencia o la destrucción de la vida humana. Quizá hemos aprendido más sobre la apariencia del diablo viendo películas que sobre la naturaleza del mal leyendo a los profetas.

Sin embargo, la tradición bíblica presenta un panorama mucho más complejo. El término griego diábolos se relaciona con la acusación y la calumnia, mientras que el término hebreo satán puede designar a un adversario o acusador. Estas aproximaciones lingüísticas no agotan la historia teológica de tales figuras, pero muestran que no estamos ante conceptos cuyo significado pueda reducirse a las representaciones populares de un personaje sobrenatural.

De hecho, los textos bíblicos permiten pensar el mal más allá de los símbolos que culturalmente hemos aprendido a temer. La mentira, la violencia, la injusticia y la destrucción de las relaciones humanas también forman parte de ese horizonte. Lo verdaderamente inquietante es que esas realidades no necesitan presentarse con una apariencia monstruosa para resultar profundamente destructivas.

En Mateo 16 encontramos una escena particularmente reveladora. Después de que Pedro reconoce a Jesús como el Mesías, el relato presenta el anuncio del sufrimiento que le espera en Jerusalén. Pedro intenta apartarlo de ese camino, aparentemente convencido de que está defendiendo a su maestro, pero recibe una respuesta sorprendente: «¡Apártate de mí, Satanás! Tú eres para mí un tropiezo» (Mateo 16:23).

Lo curioso es que Jesús no está hablando con alguien que participe en una ceremonia pagana ni con una persona dedicada a prácticas ocultistas. Está hablando con Pedro, uno de sus discípulos más cercanos, alguien que lo sigue, confiesa su fe y pretende protegerlo de un destino doloroso. Su oposición no proviene de una hostilidad declarada hacia Jesús, sino de una manera de comprender su misión que termina contradiciendo el camino que este ha elegido.

Pedro no necesita un disfraz de demonio para convertirse en un tropiezo. Tampoco necesita abandonar su comunidad religiosa ni renunciar a sus convicciones para colocarse, en ese momento, en oposición al proyecto de Jesús. Basta con que su comprensión de lo que debería suceder se interponga en el camino que Jesús considera necesario recorrer.

Por supuesto, este pasaje no constituye una definición exhaustiva de lo diabólico ni autoriza a llamar demoníaca cualquier opinión equivocada. Su importancia está en otro lugar: muestra que la oposición al camino de Jesús también puede surgir entre quienes creen estar defendiéndolo. Y esa posibilidad debería incomodarnos, particularmente cuando suponemos que el mal siempre se encuentra fuera de nuestras comunidades.

Cuando lo sagrado se convierte en un problema

El teólogo Paul Tillich ofrece una perspectiva especialmente interesante para profundizar en esta cuestión. En su Teología sistemática, particularmente al abordar la ambigüedad de la religión y la relación entre lo divino y lo demoníaco, explica que lo demoníaco no debe reducirse a una figura sobrenatural que interviene desde fuera de la realidad humana. También puede manifestarse cuando aquello que pretende expresar lo sagrado termina deformándolo y atribuyéndose una autoridad que no le corresponde.

En la reflexión de Tillich, el problema aparece cuando una realidad finita reclama para sí un carácter absoluto. Una institución, una doctrina, una tradición o una autoridad religiosa pueden dejar de reconocerse como expresiones históricas y limitadas, hasta confundirse con aquello a lo que originalmente pretendían remitir. Lo que debía orientar hacia lo divino termina ocupando su lugar, y aquello que debía ser un medio se convierte en un fin incuestionable.

La religión no queda excluida de este peligro. Al contrario, precisamente porque utiliza símbolos, experiencias e instituciones vinculadas con lo sagrado, puede adquirir una extraordinaria capacidad para absolutizar sus propias expresiones. Una comunidad religiosa puede comenzar defendiendo una determinada comprensión de Dios y terminar convencida de que cuestionar sus doctrinas, autoridades o estructuras equivale a cuestionar a Dios mismo.

Esta posibilidad debería preocuparnos bastante más que una calabaza iluminada. Porque una religión puede hablar constantemente de Dios y, al mismo tiempo, utilizar su nombre para justificar la exclusión, la discriminación o el ejercicio arbitrario del poder. Puede defender con enorme pasión la pureza de sus doctrinas mientras permanece indiferente ante la violencia que sufren las personas, incluso dentro de sus propias comunidades.

Lo verdaderamente inquietante no es solamente que una religión pueda equivocarse, algo inevitable en cualquier construcción humana. El problema aparece cuando pierde la capacidad de reconocer sus propios errores porque los ha confundido con la voluntad divina. Entonces la crítica deja de entenderse como una oportunidad para revisar nuestras prácticas y comienza a interpretarse como una amenaza espiritual contra aquello que consideramos sagrado.

Aquí la reflexión de Tillich adquiere una fuerza particular. Lo demoníaco no tiene por qué aparecer como una oposición evidente a la religión, porque también puede manifestarse mediante la deformación de sus elementos más significativos. Una institución que afirma defender lo sagrado puede convertirse en un instrumento de destrucción precisamente cuando se atribuye una autoridad absoluta y deja de reconocer sus propios límites.

Dios también rechaza nuestras celebraciones religiosas

Esta preocupación no es exclusiva de la filosofía y la teología contemporáneas. Los profetas bíblicos denunciaron repetidamente la contradicción entre una religiosidad aparentemente correcta y una sociedad marcada por la injusticia. Sus críticas no estaban dirigidas únicamente contra los dioses extranjeros ni contra prácticas rituales ajenas, sino también contra el culto del propio pueblo que afirmaba vivir bajo la voluntad de Dios.

El capítulo cinco del libro de Amós contiene una de las denuncias más severas en este sentido. El profeta presenta a Dios rechazando las fiestas religiosas, las asambleas solemnes, las ofrendas y los cantos de quienes continúan participando de una sociedad injusta. La exigencia no consiste en perfeccionar la liturgia ni en ofrecer una celebración más emotiva, sino en permitir que el derecho y la justicia fluyan como las aguas (Amós 5:21-24).

El contexto histórico es importante, porque Amós denuncia una sociedad atravesada por profundas desigualdades y por el abuso contra los sectores vulnerables. Su crítica al culto no surge de una oposición abstracta a los rituales, sino de la contradicción entre la práctica religiosa y la vida social. La adoración se vuelve problemática cuando pretende sustituir la responsabilidad ética que debería acompañarla.

Pensemos por un momento en lo que esto significa para nuestras comunidades. Podemos organizar un servicio dominical impecable, con excelente música, una predicación conmovedora y cientos de personas levantando las manos. Podemos cantar con profunda emoción, defender nuestras doctrinas y sentir que hemos cumplido con nuestras obligaciones religiosas, mientras permanecemos indiferentes ante quienes sufren a nuestro alrededor.

Pero si esa misma comunidad encubre abusos, humilla a quienes considera diferentes o utiliza la fe para justificar la injusticia, tendríamos que preguntarnos si aquello que llamamos adoración no está contradiciendo al Dios que pretendemos adorar. El problema no sería la música, la liturgia ni la emoción religiosa, sino nuestra capacidad para utilizarlas como sustitutos de la justicia. Precisamente esa es la tensión que el profeta Amós coloca frente a sus oyentes.

Y quizá sea ahí donde hemos abierto la puerta al diablo, por utilizar el lenguaje que tanto nos gusta emplear durante Halloween. No porque una fuerza sobrenatural haya ingresado misteriosamente al templo, sino porque aquello que debía producir vida termina convirtiéndose en una justificación del daño. Resulta irónico que dediquemos enormes esfuerzos a proteger nuestras iglesias de símbolos que consideramos diabólicos, mientras toleramos dentro de ellas comportamientos que contradicen abiertamente las exigencias éticas de nuestra propia tradición.

El problema no es solamente Halloween

Conviene aclarar que esta reflexión no pretende demostrar que todas las prácticas religiosas sean inofensivas ni que cualquier expresión cultural deba aceptarse sin cuestionamientos. Existen comunidades, movimientos e instituciones que manipulan, explotan y dañan a las personas, y esas prácticas deben ser examinadas críticamente. Sin embargo, el criterio para reconocer el daño no debería depender únicamente de si una creencia pertenece a nuestra tradición religiosa o a la de alguien más.

Con demasiada frecuencia confundimos dos afirmaciones: que una práctica sea incompatible con nuestra doctrina y que necesariamente resulte perjudicial para quienes la realizan. Un cristiano puede considerar que determinadas expresiones religiosas contradicen su interpretación de la Biblia, pero eso constituye una valoración teológica desde una tradición particular. Demostrar que esas prácticas producen daño exige examinar sus consecuencias y no solamente su incompatibilidad con nuestras convicciones.

Esto no significa que la teología deba renunciar a realizar juicios sobre otras prácticas religiosas. Significa que necesitamos distinguir entre nuestras afirmaciones doctrinales y nuestras afirmaciones sobre la realidad y el sufrimiento humano. Cuando sostenemos que una práctica destruye vidas, corresponde explicar qué daños produce, cómo se manifiestan y bajo qué criterios estamos realizando esa evaluación.

Y esos criterios también tendrían que aplicarse al cristianismo. Porque conocemos casos de comunidades religiosas que han manipulado a sus integrantes mediante el miedo, instituciones que han protegido a sus dirigentes frente a denuncias de abuso y discursos que han utilizado el nombre de Dios para legitimar la discriminación. Ninguna de estas realidades desaparece simplemente porque quienes las protagonizan afirmen defender la sana doctrina.

Aquí aparece una paradoja particularmente incómoda: solemos exigir muy poco para condenar las creencias ajenas, pero muchísimo para reconocer los daños que pueden producir nuestras propias instituciones. Nos resulta relativamente sencillo identificar peligros espirituales en aquello que desconocemos, mientras encontramos explicaciones, excepciones y justificaciones para aquello que sucede dentro de nuestros espacios religiosos. El discernimiento termina convertido en una herramienta para vigilar a los demás, pero rara vez en un ejercicio de autocrítica.

Y entonces volvemos a Halloween. Una fiesta de disfraces puede parecernos una amenaza espiritual extraordinaria, mientras que una comunidad religiosa que normaliza la humillación y el abuso puede seguir pareciéndonos perfectamente sagrada. Podemos escandalizarnos porque alguien se vista de monstruo, pero guardar silencio cuando una persona es tratada monstruosamente en nombre de Dios.

Los demonios que preferimos no mirar

Quizá hemos dedicado demasiado tiempo a imaginar al diablo escondido en objetos, símbolos y expresiones culturales. Lo hemos buscado en películas, canciones, videojuegos y celebraciones populares, hasta convertirlo en una explicación casi automática de todo aquello que resulta extraño o diferente. Mientras tanto, las formas concretas en que los seres humanos producen y justifican sufrimiento pueden terminar ocupando un lugar secundario en nuestras preocupaciones religiosas.

No estoy sugiriendo que el problema del mal sea sencillo ni que todas las tradiciones cristianas deban comprender lo diabólico de la misma manera. Tampoco pretendo que la reflexión ética agote todas las preguntas que la teología puede plantear sobre el mal y lo sobrenatural. Lo que propongo es examinar las prioridades de nuestro discernimiento y preguntarnos si nuestras interpretaciones religiosas nos ayudan realmente a reconocer aquello que destruye la vida.

En los evangelios, Jesús confronta repetidamente prácticas y actitudes religiosas que terminan convirtiéndose en cargas para las personas. Sus disputas no giran únicamente alrededor de quién posee la doctrina correcta, sino también sobre lo que sucede cuando determinadas interpretaciones de la ley se anteponen a la misericordia, la justicia y las necesidades humanas. Esa tensión atraviesa su relación con diversos grupos religiosos de su tiempo y continúa interpelando a quienes pretenden seguirlo.

Tal vez la pregunta más importante no sea si Halloween contiene elementos incompatibles con nuestras convicciones. Cada persona puede examinar esa cuestión desde su tradición, sus creencias y su conciencia, sin necesidad de convertir su conclusión en una condena universal. La pregunta verdaderamente incómoda es si estamos dispuestos a reconocer aquello que contradice el evangelio incluso cuando lleva el nombre de nuestra iglesia, utiliza nuestro lenguaje y comparte nuestras creencias.

Porque hemos aprendido a desconfiar de lo que parece profano, pero no siempre a cuestionar aquello que hemos declarado sagrado. Hemos construido una imagen del mal que resulta relativamente fácil identificar cuando aparece fuera de nuestras instituciones, pero tremendamente difícil reconocer cuando se manifiesta dentro de ellas. No todo lo que parece diabólico lo es. Y no todo lo que parece sagrado está del lado de Dios.

Tal vez lo verdaderamente diabólico no sea una celebración llena de disfraces, sino una religión que, mientras pretende defender a Dios, termina dando la espalda a su prójimo. Quizá el mayor peligro no sea abrirle una puerta al diablo mediante una tradición cultural, sino cerrar nuestras propias puertas frente al sufrimiento humano mientras afirmamos estar protegiendo lo sagrado. Y tal vez el discernimiento que más necesitamos no consista en descubrir demonios donde nadie más puede verlos, sino en reconocer el daño que hemos aprendido a justificar en nombre de Dios.

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