reflexiones

De política, fútbol y religión no se habla

De política, fútbol y religión no se habla, dicen. Y uno entiende la intención: conservar la paz, evitar la discusión, no arruinar la comida. Hay frases que funcionan como pequeños cercos eléctricos alrededor de la conversación. Nadie las toca, nadie se quema, todos seguimos masticando como si nada. Pero también habría que sospechar de una paz que solo existe mientras nadie toca lo que realmente nos importa.

Porque la frase no se hizo famosa por casualidad. Política, fútbol y religión no son temas delicados solo porque producen opiniones fuertes. Son delicados porque producen pertenencia. No discutimos únicamente ideas, partidos o doctrinas; defendemos símbolos, memorias, dolores, himnos, camisetas, historias familiares, heridas heredadas y formas de entender quiénes somos. Por eso una conversación puede pasar, en cuestión de segundos, de la broma al insulto. No se tocó un tema: se tocó una identidad.

Y este Mundial nos lo ha recordado con una claridad incómoda.El fútbol no ocurre en una burbuja pura donde solo ruedan balones y estadísticas. Entra al campo cargado de historia, nación, mercado, poder y deseo de pertenecer. En las gradas no solo se sientan aficionados; se sientan relatos nacionales. En las pantallas no solo vemos jugadas; vemos cuerpos interpretados desde prejuicios heredados. En los comentarios no solo aparece la crítica deportiva; aparece también eso que muchos prefieren negar: racismo, xenofobia, superioridad nacional y desprecio disfrazado de pasión.

El racismo no demuestra que existan razas. Demuestra algo peor: que hemos sido capaces de inventarlas para ordenar la dignidad humana en escalones.

No es un asunto menor. Durante este Mundial, hemos visto polémicas directamente relacionadas al racismo, la política directamente vinculados al torneo, incluyendo incidentes en redes y estadios. También ha señalado que más de una décima parte de los mensajes abusivos detectados por su sistema de protección en redes sociales tuvieron motivación racial. La pasión por el deporte no es todo lo que se nota en las redes sociales. El punto no es hacer una lista de vergüenzas, como si la indignación necesitara inventario. El punto es mirar lo que esas vergüenzas revelan.

El Mundial no creo nada de eso, sólo expuso el gran problema que ya existe

Jonathan Haidt, en La mente de los justos, propone una idea que incomoda bastante a nuestra vanidad racional: no somos tan razonables como creemos. Nos gusta pensar que primero analizamos, después concluimos y finalmente defendemos una postura. Pero muchas veces ocurre al revés. Primero sentimos, primero pertenecemos, primero reaccionamos. Después llega la razón, muy elegante ella, a redactar el comunicado oficial de lo que la intuición ya había decidido.

Haidt usa una imagen poderosa: la mente humana funciona como un jinete montado sobre un elefante. El jinete es la razón; el elefante, nuestras intuiciones, emociones, deseos y pertenencias. Creemos que el jinete dirige el camino, pero casi siempre va intentando explicar por qué el elefante ya giró. Y es que en temas como política, fútbol y religión, el elefante no camina: embiste.

Por eso tantas discusiones se vuelven imposibles. La gente no solo está defendiendo una opinión sobre un penal, una selección, una bandera o una doctrina. Está defendiendo el lugar desde el cual se siente parte de algo. La camiseta no es solo tela. La bandera no es solo color. El himno no es solo música. La religión no es solo creencia. Son formas de decir: yo pertenezco aquí.

El problema no es pertenecer. Sería absurdo negar esa necesidad. Somos seres profundamente comunitarios. Necesitamos celebrar con otros, llorar con otros, cantar con otros, reconocernos en una historia común. El fútbol tiene una belleza real precisamente porque logra eso: durante noventa minutos, personas que no se conocen pueden abrazarse como si hubieran compartido la infancia. Una pelota puede crear comunión. Y eso no es poca cosa.

El problema aparece cuando esa comunión necesita un enemigo para sentirse viva.

Ahí la pasión se convierte en tribalismo. Ahí la identidad se endurece. Ahí el otro deja de ser rival y se vuelve amenaza. Ya no se critica cómo juega; se desprecia lo que representa para nuestros prejuicios. Ya no se habla de táctica; se habla de origen, acento, pobreza, migración, color de piel, historia colonial. Entonces el fútbol deja de ser juego y se convierte en altar. Y todo altar, cuando se absolutiza, empieza a pedir sacrificios.

Aquí la teología tiene algo que decir, aunque a algunos les incomode que la religión se meta en el fútbol. Pero la religión ya estaba ahí. No como una liturgia de domingo, no como doctrina, no como templo formal. Estaba ahí en los rituales, en los cánticos, en las peregrinaciones al estadio, en las reliquias con forma de camiseta, en los santos laicos que levantan copas, en la promesa de redención nacional si el balón entra. El estadio no reemplaza a la iglesia, pero a veces se le parece demasiado.

La Biblia fue muy crítica de la idolatría, aunque nosotros hayamos reducido la palabra a imágenes antiguas y estatuas de piedra. Un ídolo no es solamente aquello frente a lo cual alguien se arrodilla. Un ídolo es aquello a lo que le entregamos nuestra identidad de forma absoluta. Es aquello que dejamos de cuestionar. Es aquello que nos permite despreciar al otro sin sentir culpa. Puede ser una divinidad, sí. Pero también puede ser una nación, una ideología, una tradición, un líder, una camiseta.

El problema no es la pasión por el fútbol

Amar una camiseta no es el problema, ni la pasión por el deporte, ni siquiera desear que nuestro equipo gane. El problema es cuando una camiseta nos autoriza a despreciar un rostro.

Haidt tiene una frase que sirve casi como diagnóstico espiritual: la moral une y ciega. Une porque crea comunidad, lenguaje común, lealtades, sacrificios y sentido compartido. Pero ciega porque nos hace incapaces de ver la humanidad de quienes están fuera de nuestro grupo. Y quizá por eso política, fútbol y religión provocan tantos conflictos: porque no solo nos dicen qué pensar, también nos dicen con quién estar, contra quién reaccionar y a quién dejar de escuchar.

Jesús vivió en un mundo atravesado por fronteras tribales. Judíos y samaritanos. Puros e impuros. Romanos y sometidos. Justos y pecadores. Hombres religiosos y gente indeseable. Su mundo también estaba lleno de líneas imaginarias que parecían sagradas hasta que alguien se atrevía a cruzarlas. Y lo interesante es que Jesús no construyó comunidad fortaleciendo esas fronteras. Hizo algo mucho más peligroso: las atravesó.

Cuando le preguntaron quién era el prójimo, Jesús no respondió con una definición religiosa correcta. Contó la historia de un samaritano. Es decir, puso como ejemplo de humanidad precisamente al otro, al sospechoso, al extranjero, al que no pertenecía al grupo de quienes se creían dueños de la virtud. La pregunta no era “¿quién es de los nuestros?”. La pregunta era “¿quién actuó con misericordia?”. Esa diferencia lo cambia todo. Porque la primera pregunta protege la tribu. La segunda la desarma.

Quizá por eso sí hay que hablar de política, fútbol y religión. No para ganar discusiones, no para convertir la mesa en tribunal, no para demostrar que nuestro grupo es moralmente superior. Hay que hablar porque en esos temas se nos escapa el alma. Ahí mostramos qué adoramos, qué tememos, qué defendemos y a quién estamos dispuestos a sacrificar para seguir sintiéndonos buenos.

Este Mundial nos ha mostrado grandes jugadas, sí. Pero también nos ha mostrado algo menos cómodo: la facilidad con la que el amor por los nuestros puede convertirse en desprecio por los otros. Y quizá esa sea una de las formas más antiguas de idolatría. No la que se arrodilla ante una estatua, sino la que canta un himno mientras deja de reconocer al prójimo.

Tal vez el problema nunca fue hablar de política, fútbol y religión. Tal vez el problema es descubrir qué dioses estamos defendiendo cuando hablamos de ellas.

Bibliografía

  • Jonathan Haidt, La mente de los justos: Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata, (Barcelona: Deusto, 2019).