El tiempo pasa indiscriminadamente; sucede. Lo hemos intentado medir en segundos, minutos, horas, días y años, pero eso es apenas una convención útil para llegar puntual a una cita o no perder el siguiente vuelo. El tiempo acontece, queramos o no. A veces parece avanzar con lentitud insoportable; otras veces se desploma sobre nosotros con una rapidez brutal. Y cuando intentamos tomarlo con nuestras manos, desaparece, se desvanece como cuando intentamos sostener en nuestras manos el humo de una fogata.
Agustín de Hipona escribió hace más de mil quinientos años, en una de sus reflexiones más desconcertantes:
«¿Qué es, pues, el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé; pero si quiero explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé.»1
San Agustín había observado esto: el pasado existe como memoria, el futuro como expectativa, pero el presente… el presente es donde pasado y futuro se funden como recuerdo y esperanza. La existencia es aquello que ocurre entre el pasado y el futuro. Ahí vivimos: suspendidos entre lo que ya nos duele y lo que todavía deseamos. Al fin y al cabo, el presente arrastra las consecuencias del pasado, pero sobrevive gracias a la esperanza.
El ahora que no habitamos
Y quizá por eso el ser humano nunca habita completamente el ahora. Siempre hay algo detrás persiguiéndonos y algo adelante prometiéndonos sentido. Nuestra época ha llevado esa tensión al extremo. Vivimos dentro de un ecosistema digital diseñado para expulsarnos constantemente del presente. Las aplicaciones organizan nuestro futuro mediante alarmas, metas, calendarios, métricas y recordatorios. Todo debe planearse, optimizarse y aprovecharse. El futuro ya no aparece como misterio sino como proyecto de administración permanente.
Pero al mismo tiempo los algoritmos hacen exactamente lo contrario: desentierran el pasado para devolvérnoslo convertido en nostalgia automática. «Hace 5 años estabas aquí», «Hace 8 años sonreías así», «Mira esta conversación», «Mira quién eras.» Antes la nostalgia aparecía de vez en cuando, casi sin avisar, despertada por un olor o una canción. Ahora el pasado llega en avalancha de notificaciones, a hora pactada, con fotografía incluida. Y ahí estamos: ansiosos por lo que viene y melancólicos por lo que se fue. Como si el presente se hubiera convertido en una sala de espera donde casi nadie permanece realmente.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito algo parecido cuando habla de la sociedad del rendimiento. Ya no vivimos únicamente bajo la presión de obedecer; ahora vivimos bajo la presión de producirnos constantemente a nosotros mismos. Incluso el descanso parece tener que justificarse. Dormir «mejor». Descansar «correctamente». Aprovechar el tiempo libre. Convertir los hobbies en productividad. Hasta el ocio terminó absorbido por la lógica del rendimiento.2
Qué extraña tragedia la nuestra
Tenemos herramientas para almacenar cada instante de nuestra vida y cada vez menos capacidad para vivir uno solo plenamente. Fotografías infinitas de viajes donde nunca dejamos de mirar la pantalla, pensamos en la foto, para el post, para obtener like y perdemos de vista lo que tenemos en frente. Personas grabando conciertos enteros que jamás volverán a escuchar. Atardeceres convertidos en contenido antes de convertirse en experiencia. Como si vivir algo ya no fuera suficiente; ahora además hay que documentarlo.
Y quizá aquí aparece una pregunta incómoda: ¿cuánto de nuestra vida realmente vivimos mientras ocurre? Porque el problema tal vez no sea que el tiempo pase, el tiempo siempre ha pasado. El problema quizá sea cuánto de nuestra existencia transcurre mientras nuestra atención permanece atrapada en otro momento. Recordando lo que ya no existe o anticipando lo que todavía no llega. Mientras tanto, el presente sigue ahí, esperando.
Y es que Agustín, en el fondo, no estaba describiendo el tiempo como un fenómeno físico. Estaba describiendo el alma. Para él, el tiempo no existe afuera, en el movimiento de los astros o en el tic del reloj; existe adentro, en la capacidad del alma de retener el pasado, atender el presente y esperar el futuro.3 Lo llamó distentio animi: una extensión, una tensión del alma hacia distintas direcciones al mismo tiempo. Vivir en el tiempo es vivir estirado, jalado desde distintos extremos. Eso que sentimos cuando estamos en una conversación importante pero pensando en el correo que no hemos respondido; eso que nos pasa cuando estamos en vacaciones pero con la cabeza ya de regreso en el lunes; eso que ocurre cuando miramos una fotografía de hace diez años y algo en el pecho no sabe si alegrarse o doler. Eso tiene nombre: distentio. Tensión del alma en el tiempo.
Lo que nuestra época ha hecho no es inventar esa tensión, sino amplificarla hasta volverla insoportable. Es un bombardeo de ceros y unos que automatizan nuestra nostalgia. Y por otro lado, esas máquinas frías sistematizan nuestro futuro por medio de los calendarios, no hay tiempo para descanso, no hay tiempo para la contemplación, bueno… y si lo quieres hacer tienes un espacio en tu calendario de ocho a nueve.
Sin embargo, hay momentos en que el tiempo deja de ser problema. No porque lo hayamos resuelto, sino porque dejamos de preguntarnos qué es. Una conversación que no quisiéramos que terminara. Un silencio que no incomoda. Un instante donde la atención no está en otro lugar. En esos momentos no sabríamos explicar qué pasó. Pero mientras ocurren, lo sabemos perfectamente.
Quizá la pregunta que nos queda no es cómo medir mejor el tiempo, ni cómo aprovecharlo más. Quizá la pregunta es más antigua y más incómoda: ¿en qué descansa un ser que ya no se sabe estar quieto? y mientras tanto, el presente sigue esperando.


