reflexiones

Encontrar el reino (Mateo 13:44-52)

Hay hallazgos que caben en la palma de la mano y, aun así, son capaces de desordenar una vida entera. Una persona encuentra algo que no esperaba. Tal vez llevaba años caminando sobre el mismo terreno sin sospechar que allí había un tesoro. Otra persona, en cambio, ha dedicado buena parte de su vida a buscar. Ha comparado, preguntado, recorrido mercados y aprendido a distinguir lo extraordinario de aquello que solamente aparenta tener valor. Los dos terminan frente a la misma pregunta: ¿qué hacemos cuando encontramos algo más valioso que todo lo que teníamos?

El capítulo 13 del Evangelio de Mateo reúne algunas de las parábolas más conocidas de Jesús. Mateo organiza su relato alrededor de grandes discursos y presenta a Jesús con rasgos que recuerdan a Moisés: un maestro que interpreta la realidad, forma una comunidad y muestra una manera distinta de vivir. Al comienzo del capítulo, Jesús enseña junto al mar. Las multitudes se reúnen a su alrededor y él les habla desde una barca. Sin embargo, más adelante abandona la orilla y entra en una casa. Allí, lejos de la multitud, dirige sus palabras a su círculo más cercano.

El cambio de escenario no parece accidental. Junto al mar, Jesús habla para quienes se acercan a escuchar. Dentro de la casa, prepara a quienes tendrán que comprender, vivir y compartir su mensaje. Las parábolas no son solamente historias bonitas para mantener despierta a la audiencia. Son pequeñas grietas abiertas en nuestra manera de entender el mundo. Parecen sencillas, pero algo dentro de ellas se resiste a quedar domesticado.

El reino como antirreino

Mateo utiliza la expresión «reino de los cielos». Sin embargo, esto no significa que esté hablando exclusivamente de un lugar al que las personas van después de morir. El reino no es solamente un destino futuro ni una recompensa para quienes aprobaron correctamente un examen religioso. Hablar del reino es hablar de la manera en que Dios actúa. Es imaginar el mundo cuando la vida deja de organizarse alrededor de la dominación, la violencia y el beneficio de unos cuantos. Es descubrir otra forma de relacionarnos con las personas, con los bienes y con el poder.

Y es que los reinos de este mundo tienen lógicas bastante reconocibles. Acumulan mientras otros carecen de lo necesario. Levantan fronteras, clasifican personas y convierten las diferencias en jerarquías. Nos enseñan que sobrevivir significa imponerse, que ganar requiere que alguien más pierda y que la seguridad de algunos justifica el sufrimiento de muchos. Estos reinos producen víctimas. Lo hacen cuando consideran que algunas vidas pueden ser sacrificadas en nombre del progreso, la seguridad, la economía, la nación o incluso la religión. Construyen su grandeza sobre cuerpos excluidos y después llaman orden a esa violencia. Frente a ellos, el reino anunciado por Jesús aparece como un antirreino.

No porque sea enemigo de la vida o una fuerza contraria al reino de Dios, sino porque se vuelve antagonista de todo aquello que este mundo reconoce como reino. Contradice sus valores, cuestiona sus jerarquías y rechaza la idea de que dominar a otros sea una señal de grandeza. Jon Sobrino utiliza la tensión entre reino y antirreino para mostrar que el anuncio de Jesús no ocurre en una realidad neutral.1 El reino de Dios se enfrenta a las fuerzas, prácticas y estructuras que producen víctimas. Allí donde los reinos de este mundo convierten la vida en mercancía, privilegio o instrumento, el reino de los cielos afirma su dignidad.

Por eso el reino no pretende sustituir un imperio por otro imperio adornado con símbolos religiosos. No busca colocar a nuevos gobernantes en la cima para repetir desde arriba las mismas formas de dominación. Es un antirreino porque desmonta la lógica misma con la que los imperios entienden el poder. Allí donde el mundo excluye, el reino restaura. Allí donde el poder humilla, devuelve dignidad. Allí donde la violencia exige venganza, abre posibilidades de reconciliación. Allí donde la acumulación es presentada como éxito, el reino habla de compartir.

Hablar del reino sin reconocer esta oposición puede convertir el mensaje de Jesús en una espiritualidad inofensiva. Puede reducirlo a una experiencia interior que consuela a las personas, pero deja intactas las estructuras que las lastiman. El reino, en cambio, no solamente acompaña a las víctimas. También cuestiona los reinos que las producen.

El reino aparece en una mesa compartida, en el pan repartido, en el perdón que rompe una cadena de odio y en la justicia que devuelve a las personas aquello que les ha sido negado. Ya está actuando, aunque no avance con ejércitos ni se anuncie desde los palacios. Tal vez por eso resulta tan difícil reconocerlo. Estamos acostumbrados a pensar que lo verdaderamente importante debe llegar acompañado de espectáculo, poder y grandeza. Pero Jesús habla de semillas pequeñas, levadura escondida, redes de pescadores, perlas y tesoros enterrados. El reino no siempre hace ruido. A veces está oculto bajo nuestros pies.

Un tesoro que nadie estaba buscando

Jesús dice que el reino es semejante a un tesoro escondido en un campo. Una persona lo encuentra y, llena de alegría, vende todo lo que tiene para comprar aquel terreno. No sabemos qué hacía allí. Quizá trabajaba el campo, quizá iba de paso o quizá simplemente tuvo la fortuna de cavar en el lugar correcto. Lo importante es que no estaba buscando el tesoro. El descubrimiento ocurre de manera inesperada.

Hay personas que encuentran el reino de esa manera. No estaban buscando una experiencia religiosa ni intentando resolver las grandes preguntas de la existencia. Sencillamente presenciaron un gesto que rompió las reglas habituales del mundo: alguien compartió lo poco que tenía, una persona decidió perdonar, una comunidad defendió a quienes estaban siendo excluidos o alguien se acercó a un desconocido sin esperar nada a cambio. En esos momentos aparece algo difícil de explicar. No siempre lleva el nombre de Dios. A veces ni siquiera ocurre dentro de una iglesia. Pero allí está el reino, escondido en una acción que contradice aquello que los reinos de este mundo consideran razonable. Porque para el mundo puede parecer absurdo compartir cuando se puede acumular, perdonar cuando se puede destruir al enemigo o proteger una vida que no produce beneficios. Sin embargo, precisamente en esos gestos comienza a revelarse otra escala de valores.

El hombre de la parábola vende todo, pero no lo hace con tristeza. No aparece como alguien obligado a renunciar a sus posesiones por miedo al castigo. Lo hace lleno de alegría porque ha descubierto algo que modifica la medida con la que evaluaba todas las demás cosas. No pierde todo por obediencia ciega. Encuentra aquello que hace que todo lo demás adquiera una dimensión diferente. El tesoro reorganiza su vida porque primero ha reorganizado su idea de lo que realmente tiene valor.

Una perla al final de la búsqueda

La segunda parábola se parece a la primera, pero contiene una diferencia importante. Ahora se trata de un comerciante que busca perlas finas. Este personaje sí sabe lo que está buscando. Ha dedicado tiempo a observar, comparar y aprender. Puede distinguir una perla ordinaria de una extraordinaria. No se deja impresionar fácilmente, porque ha visto muchas cosas que parecían valiosas y después dejaron de serlo. El comerciante representa a quienes han buscado durante años algo capaz de sostener su vida. Lo han buscado en el conocimiento, en la filosofía, en el éxito, en las relaciones, en el dinero o en la religión. Han pasado de una respuesta a otra y han descubierto que muchas promesas brillan bastante en el escaparate, pero pierden su encanto cuando se las mira de cerca. Entonces encuentran la perla.

No se trata necesariamente de una doctrina que responde cada pregunta ni de una certeza que elimina todas las dudas. El reino no pone fin a la búsqueda porque entregue una explicación absoluta del universo. La transforma porque ofrece una manera de vivir que vale más que aquello que se había acumulado durante el camino. Esta perla también modifica la idea de éxito. Frente a un mundo que mide el valor por la cantidad de poder, riqueza o reconocimiento acumulado, Jesús presenta algo pequeño que vale más que todo lo anterior. El reino no aumenta nuestras posesiones. Cambia la medida con la que decidimos qué merece ser poseído.

El campesino y el comerciante llegan por rutas distintas. Uno tropieza con el reino. El otro lo busca durante toda su vida. Uno encuentra lo inesperado y el otro reconoce aquello que esperaba encontrar. Pero los dos comprenden lo mismo: después de ese hallazgo ya no pueden continuar exactamente como antes.

Una red que no pregunta quién merece entrar

La tercera parábola cambia la imagen. El reino es semejante a una red que se lanza al mar y recoge peces de toda clase. Después, cuando está llena, los pescadores la llevan a la orilla y realizan la separación. Durante mucho tiempo, esta parábola ha sido leída principalmente como una advertencia sobre el juicio. Sin embargo, antes de hablar de la separación final, Jesús describe una red que recoge peces de todas clases. La red no selecciona previamente. No pregunta por la pureza, la nacionalidad, la posición social, la identidad o el historial religioso de aquello que encuentra. Se abre en el mar y recibe.

Esto confrontaba directamente una cultura religiosa preocupada por establecer quién era puro y quién era impuro, quién pertenecía y quién debía quedar fuera. Siempre ha existido la tentación de ocupar el lugar de Dios y elaborar listas detalladas de las personas aceptables. Curiosamente, quienes escriben esas listas casi siempre aparecen dentro de ellas. Jesús desplaza esa autoridad. La separación final no corresponde a los discípulos, a los líderes religiosos ni a quienes se sienten guardianes de la verdad. La red se abre para todos y solamente Dios conoce la profundidad del corazón humano.

También aquí el reino actúa como antirreino. Los reinos de este mundo aseguran su identidad trazando fronteras, levantando muros y definiendo enemigos. El reino de los cielos, en cambio, lanza una red que recoge peces de toda clase. Quizá la pregunta de la parábola no sea únicamente quién será aceptado al final. Quizá también sea por qué algunas personas religiosas sienten tanta necesidad de excluir desde ahora. ¿Por qué una comunidad que afirma haber encontrado el reino sigue reproduciendo las fronteras, jerarquías y clasificaciones de los reinos de este mundo?

La justicia comienza ante el otro

Esto no significa que para Jesús todo comportamiento sea indiferente. El reino recibe a todas las personas, pero también invita a recorrer los caminos de la justicia. ¿Y qué significa ser justo? En el mismo Evangelio de Mateo, Jesús lo expresará de una manera incómodamente concreta: dar de comer a quien tiene hambre, ofrecer agua a quien tiene sed, recibir al extranjero, vestir a quien carece de ropa, acompañar al enfermo y visitar a quien está en prisión. La justicia no se reduce a tener las creencias correctas, pertenecer a la institución correcta o pronunciar correctamente el nombre de Dios. Se manifiesta en la manera en que tratamos la vida vulnerable que aparece frente a nosotros.

Aquí la filosofía de Emmanuel Levinas puede ayudarnos a profundizar la enseñanza de Jesús. Para Levinas, el encuentro con el rostro del otro interrumpe una existencia encerrada en sí misma.2 La persona que está frente a nosotros no es solamente alguien a quien podemos observar, clasificar o convertir en objeto de nuestras ideas. Su vulnerabilidad nos interpela y nos hace responsables. El rostro del otro rompe nuestra indiferencia. Nos recuerda que la vida que tenemos delante no puede reducirse a una categoría: extranjero, pobre, enfermo, culpable, impuro o diferente. Antes de cualquier clasificación aparece una persona que puede sufrir, que puede ser herida y cuya existencia reclama una respuesta.

Desde esta perspectiva, la justicia no comienza con una teoría perfectamente construida. Comienza cuando la presencia del otro altera nuestros planes y cuestiona nuestra comodidad. Comienza cuando dejamos de preguntarnos si esa persona merece nuestro cuidado y reconocemos que su vulnerabilidad ya nos ha colocado frente a una responsabilidad. Esta responsabilidad contradice la lógica de los reinos de este mundo. Para ellos, una persona vale por su utilidad, su productividad, su ciudadanía o su capacidad de consumir. Para el reino de los cielos, la dignidad del otro no necesita ser demostrada.

Por eso el reino puede estar más cerca de quien comparte su pan que de quien presume su ortodoxia. Puede aparecer fuera de los espacios religiosos y estar ausente dentro de ellos. Puede ser anunciado por personas que nunca utilizarían la palabra «reino» y negado por quienes hablan de él todos los domingos. El hambriento, el extranjero, el enfermo o quien está en prisión no aparecen solamente como objetos de nuestra bondad. Aparecen como personas cuya presencia pone a prueba la verdad de nuestras creencias. La pregunta ya no es únicamente qué pensamos acerca de Dios, sino qué sucede con el otro cuando actuamos en su nombre.

Tal vez la autenticidad de una religión no se descubre observando la perfección de sus doctrinas. Tal vez se descubre mirando lo que ocurre con las personas vulnerables cuando esa religión adquiere poder.

Sacar del tesoro cosas nuevas y antiguas

Al final, Jesús pregunta a sus discípulos si han comprendido. Ellos responden que sí, quizá con más seguridad de la que realmente tenían. Entonces Jesús compara al discípulo con el dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y cosas antiguas. Comprender no significa desechar todo lo recibido ni repetirlo sin pensarlo. Significa recuperar lo valioso y, al mismo tiempo, permitir que lo nuevo transforme nuestra comprensión. Los discípulos han recibido un tesoro, pero no para esconderlo. Ahora tendrán que abrirlo, interpretarlo y compartirlo. Tendrán que anunciar un reino que no se impone por la fuerza y que no necesita fabricar enemigos para sostener su identidad.

Hablar de este reino es hablar de misericordia, justicia, bondad y esperanza. Es cuidar al extranjero, al hambriento, al enfermo, al encarcelado y a todas las personas que los reinos de este mundo prefieren mantener fuera de la vista. Pero quizá compartir el reino comienza antes de pronunciar una sola palabra. Comienza cuando nuestras relaciones dejan de reproducir las mismas formas de dominación que afirmamos criticar. Comienza cuando dejamos de utilizar a Dios para justificar nuestras fronteras y permitimos que el rostro del otro cuestione nuestra manera de vivir.

Encontrar el reino no significa añadir una creencia religiosa más a nuestra colección. Significa descubrir algo tan valioso que nuestras antiguas prioridades comienzan a parecernos pequeñas. Significa encontrar una forma de vida que reorganiza nuestros bienes, nuestras relaciones y nuestra manera de mirar a quienes están frente a nosotros. El reino de los cielos es un antirreino porque contradice aquello que los reinos de este mundo consideran valioso. Frente al dominio, propone el servicio. Frente a la acumulación, el pan compartido. Frente a la exclusión, una red que recibe peces de toda clase. Frente a la producción de víctimas, la restauración de su dignidad.

El campesino no volvió a trabajar el campo de la misma manera. El comerciante dejó de recorrer mercados buscando otra perla. La red regresó del mar llena de peces diferentes. ¿Y nosotros? ¿Qué tendría que perder su valor para que el reino comenzara a reorganizar nuestra vida?

  1. Jon Sobrino, Jesucristo liberador: lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret (San Salvador: UCA Editores, 1991). ↩︎
  2. Emmanuel Levinas, Totalidad e infinito: ensayo sobre la exterioridad (Salamanca: Sígueme, 1977). ↩︎