Hay una fotografía que muchas comunidades religiosas conocen bien. Todos aparecen juntos, sonriendo después de una reunión, una celebración o algún evento especial. La imagen termina en redes sociales acompañada de palabras como familia, unidad, comunión o fraternidad, y probablemente algo de todo eso sea cierto.
Lo complicado comienza con aquello que no aparece en la fotografía. No aparecen las conversaciones pendientes, quienes dejaron de asistir, los conflictos que nunca fueron resueltos ni la persona que se sintió herida y decidió guardar silencio. Tampoco aparecen las diferencias que aprendimos a esconder para no incomodar ni las relaciones rotas que preferimos llamar simplemente “malentendidos”. Mucho menos aparece el dolor que muchas veces las personas sienten por sentirse rechazados de la comunidad o abandonados.
Porque una cosa es la comunidad que fotografiamos y otra, bastante más compleja, la comunidad que realmente somos. Una está cuidadosamente acomodada para entrar dentro del encuadre; la otra está formada por personas concretas, con afectos, heridas, contradicciones, expectativas diferentes y relaciones de poder. Quizá uno de nuestros mayores problemas comienza cuando confundimos ambas.
El problema nunca fue la fotografía. El problema comienza cuando olvidamos que toda fotografía tiene un borde y empezamos a creer que aquello que quedó fuera del encuadre simplemente no existe, elegimos una vista selectiva olvidándonos de todo lo que rodea. Entonces dejamos de utilizar la imagen para recordar la comunidad y comenzamos a utilizarla para definir qué cuenta como realidad.
La comunidad imperfecta
Nos gusta imaginar que una buena comunidad es aquella donde casi nunca existen conflictos. Pensamos que una iglesia madura debería vivir en armonía, compartir una misma visión y resolver rápidamente cualquier diferencia. Cuando aparece una discusión, una ruptura o una denuncia, sentimos que algo salió mal y que la unidad se encuentra amenazada.
Sin embargo, el evangelio de Mateo parece partir de una expectativa mucho menos romántica. En el capítulo 18, Jesús habla largamente sobre las relaciones dentro de la comunidad y el panorama está lejos de ser perfecto. Aparecen ambiciones, personas vulnerables, conflictos, alguien que se pierde, conversaciones difíciles, decisiones comunitarias, perdón y reconciliación.
El capítulo comienza, además, con una pregunta bastante humana: “¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?” (Mt 18:1). Incluso entre los discípulos existe la preocupación por saber quién ocupa el lugar más importante, quién posee mayor reconocimiento y quién tiene más autoridad. Jesús responde colocando a un niño en medio de ellos y, poco después, advierte sobre el peligro de hacer caer a “uno de estos pequeños” (Mt 18:6).
Conviene mantener esa escena en la memoria porque después vendrán las instrucciones sobre cómo enfrentar el conflicto y tomar decisiones dentro de la comunidad. Antes de hablar sobre corregir, atar o desatar, Jesús ha colocado al vulnerable en el centro y ha obligado a sus discípulos a mirar hacia quienes tienen menos poder. Quizá cualquier conversación cristiana sobre autoridad debería comenzar precisamente ahí.
La pregunta no puede limitarse a cómo conservar el orden de la comunidad. También tenemos que preguntarnos quién puede resultar lastimado mientras intentamos conservarlo y qué ocurre cuando nuestro deseo de mantener la unidad termina silenciando la experiencia de alguien. Una comunidad sana quizá no sea aquella donde nunca existen conflictos, sino aquella donde nadie necesita ser sacrificado para resolverlos.
Convivir significa inevitablemente exponernos a los demás. Significa descubrir que el otro no siempre piensa como nosotros, no siempre responde a nuestras expectativas y algunas veces incluso puede herirnos. La comunidad comienza precisamente cuando abandonamos la fantasía de una convivencia sin conflicto y tenemos que decidir qué hacemos con nuestra fragilidad compartida.
Cuando nos enamoramos de la comunidad
Dietrich Bonhoeffer escribió algo profundamente incómodo en Vida en comunidad. Podemos amar tanto nuestra idea de comunidad cristiana que terminamos haciendo daño a la comunidad concreta que tenemos delante.1 La afirmación resulta paradójica porque solemos pensar que cuanto más elevado sea nuestro ideal comunitario, mejor será nuestra convivencia.
Queremos una iglesia generosa, fraterna, justa, acogedora y reconciliada. Queremos pensar que somos una familia donde todos pueden encontrar un lugar y donde los problemas terminan resolviéndose mediante el amor. El problema aparece cuando las personas reales comienzan a estropear nuestro sueño.
Porque las personas reales se equivocan, cuestionan decisiones, tienen heridas, contradicen nuestras expectativas y algunas veces ponen sobre la mesa asuntos que preferiríamos mantener escondidos. Entonces tenemos que decidir qué amamos más: la comunidad concreta o nuestra idea de comunidad.
Podemos enamorarnos tanto de nuestra idea de comunidad que terminamos dejando de mirar a las personas que realmente la forman. Queremos una iglesia unida, sana y ejemplar, donde todos se quieren y las cosas funcionan como suponemos que deberían funcionar. El verdadero problema comienza cuando la realidad contradice esa imagen y alguien se atreve a decir que las cosas no están tan bien como parecen.
Entonces ocurre algo extraño, aunque bastante común. Quien señala la grieta comienza a parecernos más peligroso que la grieta misma, y quien habla del problema termina siendo tratado como el problema. Nuestra representación de la comunidad empieza a necesitar que algunas experiencias desaparezcan para poder seguir pareciendo verdadera.
Cuando la imagen sustituye a la comunidad
Jean Baudrillard llevó la reflexión sobre las imágenes y las representaciones hacia un territorio todavía más inquietante. En su reflexión sobre los simulacros y la simulación, el problema ya no consiste simplemente en que una imagen represente mal la realidad. El problema aparece cuando los signos comienzan a adquirir tal fuerza que terminan sustituyendo aquello que supuestamente representaban.2
Algo semejante puede ocurrir dentro de nuestras comunidades. Decimos que somos familia, hablamos constantemente de unidad, publicamos fotografías de fraternidad y utilizamos el lenguaje del amor para describir nuestra convivencia. Ninguno de esos signos tiene que ser necesariamente falso, pero juntos pueden construir una representación tan poderosa que comenzamos a confundirla con la comunidad misma.
Entonces la imagen deja de ser una expresión de la realidad y comienza a funcionar como criterio para decidir qué realidad estamos dispuestos a reconocer. Si alguien cuenta una experiencia que contradice nuestra representación, resulta más sencillo cuestionar su experiencia que revisar la imagen que tenemos de nosotros mismos. “Aquí eso no sucede”, “esa no es la iglesia que yo conozco”, “nosotros siempre hemos sido una comunidad sana”.
La simulación es más inquietante que una simple mentira porque no necesariamente existe alguien manipulando conscientemente los hechos. Podemos creer sinceramente en la imagen que hemos construido y defenderla precisamente porque nos parece verdadera. La comunidad termina mirándose en su propio reflejo hasta olvidar que detrás del espejo siguen existiendo personas concretas.
Ahí Bonhoeffer y Baudrillard se encuentran de una manera extraña. El primero advierte sobre el peligro de enamorarnos de nuestro ideal de comunidad; el segundo ayuda a comprender qué sucede cuando esa representación adquiere vida propia y comienza a reemplazar lo real. La comunidad ya no tiene que parecerse a nuestro discurso porque nuestro discurso comienza a funcionar como prueba de que la comunidad es aquello que decimos que es.
Proteger la ficción
Por eso algunas comunidades reaccionan con enorme energía cuando alguien cuestiona aquello que sucede dentro de ellas. De pronto aparecen llamados a la prudencia, advertencias sobre la división y preocupaciones por “el testimonio” o “el buen nombre de la iglesia”. Incluso pueden utilizarse palabras profundamente cristianas como perdón, gracia, reconciliación y unidad.
El lenguaje puede ser impecable y, sin embargo, esconder algo profundamente injusto. Cuando mantener la apariencia de unidad se vuelve más importante que escuchar a quien fue herido, la comunidad comienza a revelar sus verdaderos valores. Es en ese momento cuando descubrimos qué está realmente dispuesta a proteger.
Enrique Dussel puede ayudarnos a romper esa simulación porque su ética de la liberación exige mirar los sistemas desde quienes padecen sus consecuencias.3 Una institución no puede evaluarse únicamente desde los principios que proclama sobre sí misma; también tiene que ser observada desde quienes experimentan sus prácticas desde abajo. La pregunta ética cambia cuando dejamos de mirar desde el centro y comenzamos a escuchar a quien ha quedado en los márgenes.
Por eso no basta con preguntar si una comunidad tiene buenas doctrinas, valores correctos o intenciones sinceras. También necesitamos preguntarnos quién puede hablar dentro de ella, a quién escuchamos cuando existe un conflicto y quién posee autoridad para decidir qué ocurrió. Sobre todo, deberíamos preguntarnos quién termina pagando el precio de conservar nuestra aparente unidad.
Lo verdaderamente triste es cuando en una comunidad donde la persona herida termina obligada a proteger la reputación de la institución que no pudo protegerla a ella. En esos casos, la fidelidad puede confundirse con silencio y la reconciliación puede convertirse en una manera elegante de impedir que algo cambie. La víctima termina cargando, además de su propia herida, con la responsabilidad de no alterar la imagen que los demás tienen de la comunidad.
Jon Sobrino ha insistido en que la fe cristiana tiene que aprender a mirar la realidad desde quienes sufren y no solamente desde las categorías con las que intentamos explicarla.4 Esa mirada altera nuestras prioridades porque ya no pregunta primero cómo preservar una estructura, sino qué ocurre con las personas concretas que están siendo vulneradas. Una comunidad puede conservar intactos sus símbolos religiosos y, al mismo tiempo, perder aquello que esos símbolos pretendían representar.
Ese mecanismo tampoco es extraño a la historia de Jesús. Jesús cuestionó prácticas, confrontó autoridades y denunció formas religiosas que habían perdido de vista a las personas concretas. Eventualmente, quien incomodaba al sistema comenzó a ser presentado como el problema: un alborotador, una amenaza y alguien cuyo discurso podía alterar el orden.
El mecanismo es antiguo y sigue resultando eficaz. A veces resulta mucho más sencillo desacreditar la voz incómoda que preguntarnos por qué nos incomoda tanto aquello que está diciendo. Cuando conseguimos convertir al denunciante en enemigo, podemos continuar evitando la pregunta que su denuncia había colocado frente a nosotros.
Corregir sin destruir
En medio de ese contexto aparecen las conocidas palabras de Jesús: “Si tu hermano peca contra ti, ve y repréndelo estando tú y él solos” (Mt 18:15). El principio resulta sorprendentemente sencillo: antes del rumor está la conversación, y antes de convertir a alguien en personaje de nuestra propia versión de los hechos está el intento de encontrarnos con él. La comunidad no puede construirse únicamente hablando unos sobre otros; en algún momento necesitamos aprender a hablar unos con otros.
Nuestro procedimiento contemporáneo suele funcionar de manera bastante distinta. Primero hablamos con cuatro personas sobre alguien, después intentamos descubrir quién piensa igual que nosotros y quizá publicamos una frase suficientemente ambigua en redes sociales para que todos comprendan el mensaje excepto, aparentemente, nosotros mismos. Finalmente, si todo eso falla, consideramos la posibilidad radical de hablar directamente con la persona involucrada, siempre, por supuesto, “para que oren”.
Pero el texto necesita también una lectura responsable. No puede convertirse en una regla mecánica según la cual toda persona herida está obligada a confrontar privadamente a quien la dañó. Existen relaciones donde el poder está profundamente desequilibrado y situaciones de violencia, abuso o manipulación donde exigir una confrontación privada podría aumentar todavía más la vulnerabilidad de quien ya fue herido.
El propio capítulo nos impide semejante lectura porque Jesús acaba de colocar a los pequeños en el centro y de advertir sobre quienes los hacen caer. Cualquier interpretación sobre la corrección comunitaria debe conservar esa preocupación por quienes poseen menos poder y menos posibilidades de defenderse. Una lectura que utiliza el evangelio para aumentar la vulnerabilidad de la víctima termina contradiciendo aquello que el propio texto intenta proteger.
La reconciliación cristiana tampoco consiste en obligar al vulnerable a regresar al lugar donde fue herido. Reconciliar no significa necesariamente restaurar exactamente aquello que existía antes del conflicto, porque algunas veces aquello que existía antes era precisamente el problema. Hay relaciones que pueden sanar solamente cuando cambian, y comunidades que pueden reconciliarse únicamente cuando aceptan que no todo debe volver a ser como antes.
Donde dos o tres
Hacia el final de esta enseñanza aparece una de las frases más conocidas de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mt 18:20). Solemos utilizarla para hablar de reuniones pequeñas y recordar que la presencia divina no depende de llenar un edificio. Algunas veces incluso funciona como una pequeña compensación teológica cuando llegaron siete personas y habíamos acomodado cien sillas.
Pero su contexto resulta bastante más exigente. Jesús viene hablando de conflicto, heridas, responsabilidad, conversaciones difíciles, decisiones comunitarias y reconciliación. Es precisamente en medio de esa fragilidad donde aparece la promesa de su presencia.
Esto cambia profundamente la manera de escuchar la frase. Dios quizá no está presente simplemente porque todos pensamos igual ni porque una institución pronuncie correctamente su nombre. Tampoco basta que exista una cruz sobre la pared, que podamos repetir una confesión de fe o que sepamos utilizar el vocabulario adecuado.
La escena sugiere algo mucho más exigente. El nombre de Dios tendría que hacerse reconocible en la manera en que buscamos la verdad, reparamos el daño, protegemos al vulnerable y evitamos que nuestro poder destruya a alguien. La presencia divina no puede convertirse simplemente en una propiedad que una institución reclama para sí misma.
Porque también podemos reunirnos para excluir. Podemos pronunciarnos en nombre de Dios para defender prejuicios, justificar silencios o convertir intereses particulares en voluntad divina. La historia de la religión contiene suficientes ejemplos para obligarnos, por lo menos, a sospechar un poco de nosotros mismos.
Hay lugares llenos del nombre de Dios donde su presencia resulta difícil de encontrar. Puede haber lenguaje religioso, símbolos religiosos, música religiosa y declaraciones religiosas mientras las relaciones que los sostienen son profundamente deshumanizantes. Quizá entonces la pregunta no sea solamente cuánto hablamos de Dios, sino qué sucede con las personas cuando lo hacemos.
Una comunidad suficientemente real
Tal vez necesitamos abandonar cierta fantasía sobre la iglesia. No necesitamos comunidades perfectas porque semejantes comunidades solamente pueden existir mientras consigamos esconder suficientemente bien sus contradicciones. Necesitamos comunidades suficientemente honestas para reconocer que son imperfectas y suficientemente maduras para no derrumbarse cada vez que alguien lo señala.
Necesitamos espacios donde descubrir nuestras contradicciones no implique destruirnos unos a otros. Comunidades donde pedir perdón no sea una estrategia para cerrar rápidamente una conversación y donde perdonar no signifique renunciar a los límites necesarios para proteger la dignidad. Espacios donde la unidad no necesite víctimas silenciosas para poder sobrevivir.
Bonhoeffer sospechaba de la comunidad idealizada porque sabía que solamente cuando nuestro sueño se rompe podemos comenzar a recibir la comunidad concreta que tenemos delante. Dejamos entonces de relacionarnos con personajes secundarios dentro de nuestro proyecto religioso y comenzamos a encontrarnos con personas que no existen para cumplir nuestras expectativas. La desilusión puede ser dolorosa, pero algunas veces también puede ser profundamente liberadora.
Baudrillard añade una advertencia distinta. Quizá también tengamos que desconfiar de las representaciones que construimos sobre nosotros mismos cuando comienzan a parecernos más verdaderas que aquello que ocurre delante de nuestros ojos. Ninguna fotografía, lema, declaración doctrinal o discurso sobre la unidad puede sustituir la experiencia concreta de quienes forman una comunidad.
Tal vez la verdadera comunidad comienza precisamente después de esa desilusión. Comienza cuando descubrimos que los otros no son quienes esperábamos y cuando aceptamos que nosotros tampoco somos exactamente quienes imaginábamos. Entonces dejamos de necesitar que todos encajen dentro de nuestra fotografía y comenzamos, por fin, a mirar aquello que había quedado fuera del encuadre.
Una comunidad suficientemente real puede decir la verdad sobre sí misma sin pensar que todo está perdido. Puede atravesar el conflicto sin convertir automáticamente al otro en enemigo, reconocer una herida sin sentir que su existencia completa está siendo cuestionada y utilizar su autoridad sin olvidar la dignidad de quienes poseen menos poder. Puede descubrir que la unidad no consiste en eliminar las diferencias, sino en aprender a convivir sin que alguien tenga que desaparecer para que los demás podamos seguir sintiéndonos cómodos.
Quizá ahí empieza también una forma distinta de comprender la presencia de Dios. No como una garantía que poseemos por utilizar correctamente su nombre, sino como una pregunta que permanece abierta sobre la manera en que construimos nuestras relaciones. Si afirmamos que Dios está en medio de nosotros, tendría que ser legítimo preguntarnos qué clase de humanidad produce esa presencia.
Por eso quizá la pregunta nunca fue simplemente si Dios está presente entre nosotros. También tendríamos que preguntarnos qué tendría que encontrar alguien en medio de nuestra comunidad para reconocer que realmente hemos estado reunidos en su nombre. La respuesta quizá diga mucho más sobre nuestra fe que todas las afirmaciones que podamos hacer acerca de nosotros mismos.
Porque cuando necesitamos esconder nuestras heridas, silenciar nuestras contradicciones y sacrificar personas para conservar nuestra imagen, quizá ya no estamos cuidando la comunidad. Estamos defendiendo la representación que hemos construido de ella y protegiendo el personaje que deseamos seguir interpretando. Estamos cuidando una ficción.
Volvamos entonces a la fotografía del principio. Tal vez las sonrisas sean reales, la fraternidad también y la palabra familia no sea una mentira, pero todavía existe todo aquello que quedó fuera del encuadre. Una comunidad real puede permitirse mirar también hacia allá.
Y quizá perder la ficción no sea el final de la comunidad, sino su verdadero comienzo. Tal vez solamente después de dejar caer la imagen perfecta podamos encontrarnos con las personas concretas que siempre estuvieron ahí, justo fuera de la fotografía. Después de todo, una comunidad real puede sobrevivir a la verdad; una ficción necesita esconderla.



