El capítulo de hoy nos trae nuevamente al Evangelio de Mateo. Mateo es uno de los evangelios sinópticos y, como cada uno de ellos, tiene un propósito específico y una audiencia concreta. En este caso, escribe para una comunidad judía y presenta a Jesús en clave profundamente judía. Un judío del siglo I podía reconocer los ecos del Antiguo Testamento y comprender los paralelismos que Mateo construye; nosotros, en cambio, necesitamos detenernos para captar la profundidad de esos gestos.
Mateo presenta a Jesús como el nuevo Moisés, como aquel que inaugura un nuevo camino de salvación. No es casualidad que, después del bautismo, Jesús sea conducido al desierto. El desierto, para el pueblo judío, no era simplemente un lugar geográfico: era memoria viva. Era el espacio donde, tras la liberación de Egipto, Israel tuvo que enfrentarse a su fragilidad, a su miedo y a su tentación de volver atrás. Pero también era el lugar donde Dios sostuvo, alimentó y acompañó.
Jesús entra en el desierto no como turista espiritual, sino como alguien que asume la historia de su pueblo y la condición de los más vulnerables. El desierto representa la precariedad, la intemperie, la ausencia de seguridades. Allí aparecen las tentaciones.
Las tentaciones
La primera tentación toca una realidad brutal: el hambre. No es una metáfora piadosa. En tiempos de Jesús, miles de campesinos eran explotados por el sistema tributario romano y por élites locales que acumulaban riqueza mientras el pueblo sobrevivía al límite. El diablo no le propone algo absurdo; le propone resolver el hambre de manera inmediata: convertir piedras en pan.
Pero la respuesta de Jesús es decisiva: “No solo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”. Jesús no desprecia el pan. Él mismo multiplicará el pan. Lo que rechaza es reducir la salvación a un acto milagroso aislado que no transforme las causas profundas del hambre. Saciar el hambre sin justicia es perpetuar el problema. El Reino de Dios no es asistencialismo mágico; es transformación histórica que impide que unos acumulen mientras otros mueren.
La segunda tentación tiene que ver con el espectáculo religioso. Arrojarse desde el templo y ser salvado públicamente sería una demostración impresionante. El diablo incluso cita la Escritura. Pero Jesús no usa a Dios para legitimarse ni convierte la fe en propaganda. No busca una religión del impacto ni del aplauso. Su misión no consiste en impresionar, sino en liberar. El poder de Dios no se manifiesta como show, sino como solidaridad con quienes no tienen voz.
La tercera tentación es la más clara: poder y riquezas a cambio de adoración. Es la lógica imperial. Gobernar desde arriba, asegurar estabilidad a cambio de sumisión. Esa lógica sigue vigente. La acumulación de riqueza y poder casi siempre está ligada a dinámicas que excluyen, despojan o empobrecen a otros. Jesús rechaza ese camino. No acepta un Reino construido sobre la dominación. Prefiere un camino que lo llevará a la cruz antes que convertirse en un Mesías funcional al sistema.
El Reino de Dios: no desde arriba, sino desde abajo
Allí donde la humanidad suele ceder —al hambre, al reconocimiento, al poder— Jesús permanece fiel. Pero no se trata solo de un ejemplo moral. En el desierto se revela qué tipo de Dios está actuando en la historia: un Dios que no se impone por fuerza, que no compra lealtades, que no manipula la necesidad humana. Un Dios que opta por el camino de la justicia y la solidaridad.
Jesús no viene simplemente a enseñarnos autocontrol espiritual. Viene a mostrar que el Reino de Dios no puede construirse con las herramientas del sistema que produce exclusión. No basta con aliviar síntomas; es necesario transformar estructuras. No basta con dar pan hoy si mañana el mismo sistema seguirá produciendo hambre. El Reino de Dios no es “de este mundo” en el sentido de que no se rige por la lógica del poder dominante. Pero sí es para este mundo. Es para la historia concreta, para los cuerpos concretos, para los pueblos concretos que sufren.
Hoy seguimos viviendo en medio de esas mismas tentaciones: resolver sin transformar, impresionar en lugar de servir, dominar en lugar de acompañar. El desierto no quedó atrás; es nuestra realidad cotidiana. La esperanza cristiana no descansa únicamente en la capacidad humana de resistir, sino en la fidelidad de Dios que ya está actuando en la historia a través de quienes buscan justicia. Jesús es la promesa de que otra forma de vivir es posible. Él demuestra que sí se puede resistir en el desierto, que no estamos condenados a repetir la lógica del poder.
Y en esa resistencia concreta, humilde y perseverante, el Reino de Dios se acerca. No como espectáculo, no como imposición, sino como justicia que brota desde abajo y comienza a transformar el mundo.
¿Queremos un cristianismo que impresione, que administre, que negocie con el poder?
¿O estamos dispuestos a asumir un Reino que incomoda, que desestabiliza, que se construye desde abajo y paga el precio de la fidelidad?


