Juan 9
Hay un tipo de conocimiento que no se enseña ni se hereda. Se acumula, a presión, pregunta por pregunta, experiencia por experiencia. Pascal lo nombró así: «El corazón tiene sus razones que la razón no conoce; se siente en mil cosas.»¹ No es irracionalismo, es otra racionalidad: la que opera desde adentro de la experiencia vivida, la que no llega por deducción sino por acumulación, la que no necesita que nadie la autorice desde afuera. Pascal no estaba hablando de sentimentalismo. Estaba hablando de un modo de conocer que la filosofía occidental ha tardado siglos en tomarse en serio, y que la religión institucional ha preferido ignorar casi siempre, porque una fe que viene de la experiencia vivida no se puede administrar desde afuera.
Juan 9 narra exactamente eso. Y vale la pena leerlo de nuevo, pero esta vez sin buscar el milagro.
Todos están mirando. Nadie quiere ver.
Hay algo perturbador en Juan 9 que no suele nombrarse en las homilías del domingo. Un hombre lleva toda su vida sin ver, y cuando de repente puede hacerlo, el mundo que lo rodea no sabe qué hacer con esa noticia. Los vecinos dudan de que sea él. Las autoridades religiosas abren un expediente. Sus propios padres prefieren no meterse en problemas.
Todos están mirando. Nadie quiere ver.
Y es que el evangelio de Juan tiene una arquitectura particular: no cura para impresionar, cura para señalar. Cada «señal» apunta más allá del milagro, hacia una pregunta que el texto deja abierta para que el lector también tenga que tomarla. La curación del ciego de nacimiento no es la excepción. El milagro termina pronto; el conflicto, apenas empieza.
El barro y la saliva
Lo que Jesús hace es, en principio, poco solemne: escupe en el suelo, hace lodo, lo pone sobre los ojos del hombre. Nada de oración litúrgica, nada de imposición de manos, ningún formato reconocible de lo sagrado. Solo saliva, tierra y las manos de alguien que no teme ensuciarse. Paul Tillich diría que lo divino aparece siempre en el fondo de lo ordinario, no sobre él.² Aquí aparece literalmente en el barro.
El problema, para los fariseos, es que todo esto ocurrió en sábado. Juan lo menciona dos veces. No es un detalle menor: es el nudo del relato. Y la pregunta que surge no tiene respuesta fácil ni entonces ni ahora: ¿qué pesa más, la norma sagrada o la vida concreta de una persona? Los fariseos se dividen. No son villanos de caricatura; son personas con mucho que perder, atrapadas en un sistema que les daba identidad y sentido. Y Jesús, con su barro y su saliva, pone la dignidad de ese hombre por encima del calendario. Eso, dos mil años después, sigue siendo una declaración incómoda para cualquier institución que haya aprendido a protegerse a sí misma a costa de las personas.
El camino de quien aprende a ver
Pero el corazón del relato no está en el conflicto con los fariseos. Está en el camino interior que recorre el hombre que antes era ciego. Cada vez que lo interrogan, su respuesta avanza un paso. No retrocede, no cede, no busca la respuesta que el sistema quiere escuchar. Avanza.
Al principio solo puede decir: «el hombre que se llama Jesús». Es todo lo que sabe, y no finge más. Después, cuando los fariseos lo presionan para que clasifique a ese hombre, responde: «es un profeta». Más tarde, cuando lo vuelven a sentar a declarar, ya no puede contenerse: «si no viniera de Dios, no podría hacer nada». Y al final, cuando Jesús mismo lo encuentra después de que el sistema lo expulsó, el hombre ya no busca palabras: cae de rodillas y dice «Señor».
No es una conversión instantánea. Es un camino. Y es que eso es lo más honesto del relato: el hombre no llegó a postrarse porque alguien le explicó bien la teología. Llegó porque le preguntaron tantas veces que tuvo que ir encontrando palabras para algo que ya era verdad en su cuerpo. Aquí Pascal vuelve a ser pertinente: el corazón de ese hombre sabía antes de que su cabeza pudiera nombrarlo. Cada interrogatorio, cada presión, cada amenaza, fue paradójicamente lo que lo fue acercando. Lo expulsaron del sistema. Y fue entonces, justo entonces, cuando Jesús fue a buscarlo.
No al revés.
Lo que los que ven no pueden ver
El relato termina con una paradoja que casi duele: los que dicen que ven son los ciegos; el que estuvo ciego es el que ahora puede ver. No es un juego de palabras. Es una observación sobre cómo funciona el reconocimiento: quienes tienen demasiado que proteger no pueden ver lo nuevo cuando aparece. El hombre sin nada que perder fue capaz de avanzar, paso a paso, articulando una experiencia que no podía negar aunque le costara la exclusión.
Y es que eso es exactamente lo que hace: articular. No recita un credo, no adopta una doctrina. Responde desde lo que le pasó. Kierkegaard insistía en que la fe no es una conclusión a la que se llega por razonamiento, sino un movimiento que se hace desde adentro, desde la experiencia propia, desde lo que ya no se puede negar.³ El ciego de Juan no llega a postrarse porque alguien le explicó bien la teología. Llega porque le preguntaron tantas veces que tuvo que ir encontrando palabras para algo que ya era verdad en su cuerpo.
Eso incomoda a los sistemas. Siempre lo ha hecho. Una fe que viene de la experiencia vivida no se puede administrar ni controlar desde afuera.
¿Y nosotros? ¿Qué tenemos demasiado protegido como para ver?
¹ Blaise Pascal, Pensamientos (Madrid: Alianza, 1986), fragmento 277.
² Paul Tillich, Teología sistemática, vol. 1 (Salamanca: Sígueme, 1972), 147.
³ Søren Kierkegaard, Temor y temblor (Madrid: Alianza, 2001), 88.